Tuesday, October 03, 2006

¿Hasta qué punto somos capaces de ser irracionales?

La experiencia de la Universidad de Yale.

El horror que la mayoría de las personas experi­mentaron cuando se descubrió lo que había ocurrido en la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mun­dial se acompañó a menudo de virtuosas afirmaciones en el sentido de que “una cosa así jamás habría podi­do ocurrir aquí”, de que nosotros no habríamos permi­tido semejantes atrocidades.
¿No lo habríamos permitido jamás? ¿Qué ocurrió en la Alemania nazi? ¿Somos todos capaces de ser irracionales? ¿Hasta qué punto? ¿Quién traza los lí­mites?
Uno de los artículos más escalofriantes que he leído apareció en forma de una crítica escrita por el psiquiatra Ralph Crawshaw sobre el libro de Fred J. Cook, publicado por Macmillan con el título de: El País corrompido: la moral social de la América moder­na. Escribía Crawshaw:

En esencia, Cook nos dice en El País corrompido que los ciudadanos americanos han abandonado su moral personal por una moral colectiva, instituciona­lizada. Han abandonado la convicción reflexiva por el sentimentalismo comprometido y la popularidad, es decir, la responsabilidad por la obediencia. Amar­ga medicina, ciertamente. Siempre podemos parapetarnos detrás del hecho de que no posee pruebas estadísticas de que se trata de una mera impresión personal suya, de que, en realidad, no tiene dema­siada importancia en fin de cuentas. ¿O sí la tiene?

Cito literalmente un fragmento de la crítica so­bre un informe de Crawshaw acerca de un proyecto de investigación ejecutado por Stanley Milgram en la Universidad de Yale, que aporta pruebas en respuesta a esa cuestión:

Las investigaciones de Stanlev Milgrarn en Yale empiezan a poner una base científica a las deducciones de Cook. Milgrarn llevó a cabo una serie de experimentos psicológicos sobre la obediencia. Tomó una muestra variada de la población masculina adul­ta (de veinte a cincuenta años) de Bridgeport, Connecticut, en la que había desde obreros no ca­lificados hasta profesionales. El experimento aspi­raba a determinar hasta qué punto una persona estaría dispuesta a castigar a otra en cumplimiento dc órdenes, pero fue presentado falsamente como un estudio científico realizado por la sociedad Brid­geport Research Associates sobre técnicas docentes. Los sujetos fueron seleccionados al azar, y se les pagaba cuatro dólares y medio por el tiempo que perdían.
Se ataba al «alumno» a una «silla eléctrica», des­pués de haber permitido al sujeto (que hacía las veces de maestro) experimentar una sacudida eléc­trica de 45 voltios, a título de prueba, para conven­cerle de la autenticidad del instrumento. Después, desde una habitación contigua, cl sujeto (maestro). Administraba una descarga eléctrica de intensidad creciente por cada respuesta incorrecta. En realidad el «alumno» no recibía la corriente, pero sus reaccio­nes aparecían en una cinta magnetofónica en la que se habían grabado murmullos, jadeos, ruegos y aulli­dos en correspondencia con el sucesivo aumento de voltaje. Las respuestas habían sido preparadas pre­viamente por el experimentador de modo que el úni­co factor limitador que podría impedir al «maestro» administrar la descarga eléctrica máxima fuese su compasión por el dolor de un ser humano. Para el maestro (cl hombre de la calle) el conflicto consistía en la opción entre la obediencia al sistema autori­tario y su propia creencia en que no se debe hacer daño a otra persona.
.¿Qué porcentaje de los pretendidos maestros re­corrieron todo el camino y administraron la descar­ga máxima? Pero, antes de que aventuren ustedes una cifra, escuchen la voz del Hombre de la Calle por el micrófono interior:
Descarga de 150 voltios: «¿Quiere usted que siga?»
(ORDEN).
Descarga de 165 voltios: «Ese tipo está chillando. Hay mucha gente aquí. A lo mejor sufre del corazón. ¿Quiere que siga?» (ORDEN).
Descarga de 180 voltios: «No puede soportarlo. ¡ No voy a matar a ese hombre! ¿No le oye chillar? Está aullando. No puedo soportarlo. ¿Y si le ocu­rriera algo? Ya sabe a qué me refiero. Quiero decir que rehúso toda responsabilidad. (EL EXPERIMENTA­DOR ACEPTA LA RESPONSABILIDAD) «Conforme.»
195 voltios, 210, 225, 240, etcétera.
El sujeto (maestro) no dejaba de obedecer al experimentador. Cerca de un millar de maestros par­ticiparon. ¿Qué tanto por ciento de ellos obedecieron hasta el final? Digan una cifra antes de seguir leyen­do. Un grupo de cuarenta psiquiatras que estudió el proyecto predijeron que serían la décima parte del uno por ciento. En el experimento real, el sesenta y dos por ciento obedecieron hasta el final las órdenes del que conducía el experimento. ¿Cuál fue su cálculo?
Milgram concluía: «Con monótona regularidad podía verse a unas buenas personas cediendo bajo las exigencias de la autoridad y realizando acciones malvadas y graves. Hombres que en la vida coti­diana son seres responsables y decentes se dejaban seducir por los señuelos de la autoridad, por el dominio de sus percepciones y por la aceptación acríti­ca de la definición de la situación dada por el experimentador, hasta el extremo de realizar acciones crueles. Para este autor, los resultados, tal como los vio y sintió en el laboratorio, resultan alarmantes. Suscitan la posibilidad de que la naturaleza huma­na, o, más específicamente, el tipo de carácter pro­ducido en la sociedad democrática americana, no puede confiarse en que aísle a sus ciudadanos de la brutalidad y del trato inhumano balo la dirección de una autoridad malévola.

Las deducciones que cabe extraer del experimen­to son realmente escalofriantes si consideramos que los resultados sólo tienen que ver con algo irredimi­ble que forma parte de la naturaleza humana. Sin em­bargo, con el análisis transaccional podemos hablar del experimento en otros términos. Podemos decir que el 62 por ciento de los sujetos no tenían un Adulto emancipado con el cual examina la autoridad del Pa­dre de los experimentadores. Indudablemente, un pre­supuesto que no fue sometido a crítica fue el siguien­te: “Cualquier experimento necesario para la investi­gación es bueno.” Tal vez ese mismo presupuesto fue el que permitió a científicos “de reputación” participar en las atrocidades de laboratorio de la Alemania nazi.
Siendo niños, la mayoría de nosotros aprendimos a “respetar debidamente” a la autoridad. Esa autori­dad residía en el policía, el conductor del autobús, el pastor, el maestro, el cartero, el director de la escuela y también en los remotos personajes del gobernador, el congresista, el general y el Presidente.
La reacción de muchas personas ante la aparición de esas encarnaciones de la autoridad es automática.

0 Comments:

Post a Comment

<< Home